23 agosto, 2010

Paraísos Perdidos … Carlos “Charlie” Pereira

Parque Natural de Carreirón

Paraísos Perdidos … Carlos Pereira”Charlie”

A mi abuelo,  por su cariño, apoyo y bondad.

El paquebote avanzaba lento y majestuoso por la bocana del Puerto. Pequeños botes y dornas lo escoltaban en su lenta y solemne maniobra de atraque al Muelle de Pasajeros. Cientos de curiosos y familiares se agolpaban en las barandillas de la dársena para saludar a los viajeros cansados de tan larga singladura que se apretujaban nerviosos junto a la cubierta del barco. Miradas de exultante alegría y felicidad desbordada, se cruzaban constantemente entre el barco y el muelle. Braulio observaba la escena, desde la popa, alejado del grupo agolpado en el estribor del buque. Escrutaba con asombro la enorme transformación que había experimentado Villagarcía. “¿Dónde va el muelle de hierro?” se preguntaba. El muelle del que había zarpado rumbo a América. El muelle por el que tantas veces había paseado  por su vetusto suelo de madera junto a su tío Luis los días que había mercado junto al Río Con. “Ves Braulio, aquí comienzan los sueños de mucha gente. Cuando ya no hay nada que perder y la vida ya no da para más, el que puede hace las maletas y se va muy lejos de aquí. A otro lugar. Unos tristes, otros llorando cabizbajos, pero esperanzados en encontrar la tierra prometida de la riqueza y la prosperidad. Y vaya si la encuentran. La mayoría vuelven hechos unos señores…

… ¡Si los vieras todos trajeados con esas camisas de seda de ultramar! ¡Y esos zapatos de piel de cocodrilo! No hay quien les tosa. Porque vuelven siendo ricos e importantes, ¿sabes? Son los que luego se codean con el Alcalde y el Señor Gobernador. Y con los curas también. Porque no sabes el poder que tienen los curas. Y al final, acaban siendo unos terratenientes. Hay gente que sí ha triunfado de verdad. Deberías tener esto en cuenta, porque si las cosas no mejoran, tú también tendrás que hacer lo mismo hijo. Sin miedo ni vergüenza, pero con ilusión y con fe. Con mucha fe. Porque Dios aprieta pero no ahoga, ¿sabes? Por mucho que llueva, por muy frío que sople el viento del norte en 2 tu cara, siempre sale el sol y las nubes negras acaban marchándose con sus tormentas y sus tristezas. No dudes chico. Si algún día tienes que salir por este muelle hazlo con determinación. Al final acabarás encontrando lo que buscas. La suerte, la buena suerte, es como la fe, solo llama a la puerta de aquellos que creen en ella. Cuando alguna vez luches por algo, deséalo con todas tus fuerzas. Verás que siempre que deseas algo con gran ilusión, al final lo acabas logrando”.

Desearlo con todas tus fuerzas, pensaba Braulio. Pero con que fuerzas ni que ocho cuartos, si a sus ochenta y cinco años apenas se ponía en pie. Ya nada le quedaba de aquellas mismas fuerzas e ilusiones que llevaba consigo cuando embarcó, con casi 20 años, en el flamante “Sierra Morena” de la Compañía Naviera Lloyd Norte Alemán, allá por 1.936. Las ilusiones de un pequeño hombre en un cuerpo de niño adolescente que se aferraba como podía a uno de los últimos paquebotes que todavía, en los albores de la guerra civil, se atrevían a cruzar el Atlántico. Aún recordaba el viejo periódico de Galicia Nueva que le pasara su tío donde se exhibían las publicidades de las navieras de prestigio que fletaban vapores correo y paquebotes rumbo a América. Sin apenas esforzarse, recordó claramente la publicidad… «Debido a la gran aceptación que tienen estos buques por los señores pasajeros a Sudamérica, por reunir condiciones y comodidades no igualadas por otros buques de esta línea, la demanda de plazas de embarque es muy grande, y por ello rogamos a los señores pasajeros no demoren su petición de plazas, mandando al mismo tiempo la suma de 100 pesetas a responder de que serán ocupadas las mismas. Una vez obtenida la conformidad de esta agencia, deben presentarse con cinco días de anticipación para cumplimentar todos los requisitos». Era el texto que también rezaba tras el enorme escaparate de la consignataria Luis García Reboredo en la Calle de la Marina, hoy Avenida. El recuerdo tierno, íntegro, dulce, con sabor a golosinas y almendras de una infancia muy lejana, cuando tenía diez años. 3 El reclamo sugerente y cosmopolita, de un mundo nuevo, de una vida mejor, que sutilmente le llamaba, cada vez que pasaban por delante de las vidrieras de la consignataria, en las alegres mañanas de mercado. El dibujo de aquel enorme y majestuoso paquebote surcando los mares y bajo su imponente silueta, una leyenda que decía: «Estos vapores están dotados de luz eléctrica y llevan cocineros y camareros españoles. Tienen magníficas instalaciones de tercera clase, dándoles cama con ropa, pan fresco, vino a todas las comidas y asistencia médica gratuita». El mismo anuncio que se había encontrado en un panfleto sepia con letras negras de imprenta, en un costado del camarote de tercera que ocupaba en el “Sierra Morena”. Definitivamente era el comienzo de un desafío a empezar una nueva vida al otro lado del mar, donde la riqueza y la prosperidad iban a buscarle en sueños todas las noches, para susurrarle al oído cuentos maravillosos. Para llevarlo lejos de allí, a un paraíso soñado. El viaje tantas veces añorado desde la barandilla del viejo muelle de hierro que osaba adentrarse en la ría, para decir a los perdedores, que había otra oportunidad al otro lado del mar. Para enseñarles donde empezaba el primer kilómetro de un largo camino a una América fértil, rica, tropical.

Levantó la vista. Observó a la gente que desde el muelle no cesaba de gritar enfervorecida y de saludar a sus allegados. Los miraba con la esperanza vaga de encontrarse con algún alma caritativa que le brindara un saludo de bienvenida. Después de sesenta y cinco años en un exilio inacabable, ¡era lo menos que podía merecer! Por un momento, creyó ver en un hombre corpulento, bien vestido, de unos sesenta años, a alguien que le resultaba muy familiar, con el saludo abierto y sincero alentado por un sombrero agitándose brioso en el aire. Aquel recibimiento le espabiló y contagiado por la alegría que se palpaba en el ambiente, devolvió la salutación agitando su mano. Un pequeño empujón y unos gritos radiantes de felicidad en su cuello, “¡¡Estoy aquí Tomás, estoy aquí!!” se encargaron de recordarle que aquella bienvenida no era para él. Se volvió muy extrañado. Era un joven de 4 aspecto saludable, de unos treinta y cinco años, con una sonrisa resplandeciente el que reclamaba la atención del hombre trajeado con sombrero. Sintió un ligero sofoco de vergüenza. Pero eso le animó y comenzó a disfrutar de una escena en la que, hasta entonces, se había sentido un mero y frío espectador. Continuó observando a la muchedumbre que se agolpaba en el muelle y al final, el bullicio y los gritos de exultante felicidad que llenaban el ambiente, acabaron arrastrándole a una emoción compartida.

Después de haber regresado a su camarote y recogido sus bártulos, volvió a salir nuevamente a la cubierta del buque. El tímido sol de abril, se abrió paso entre las nubes para iluminar su pálido y arrugado rostro con la espléndida y alegre luz arosana que durante tantos años, había echado en falta. La brisa del mar terminó de arroparlo con su fragancia a algas y salitre, dándole su particular acogida. Aguardó paciente a que llegara su turno sin dejar de mirar una y otra vez sus cosas. Repasando constantemente todas sus pertenencias; la maleta, el abrigo, su pequeño paraguas de mano, los documentos. Temía que el comienzo de alzheimer le obligara a olvidarse algo que luego no pudiera recuperar jamás.

Comenzó a bajar lentamente por la escalera articulada de aluminio que la tripulación del buque había lanzado previamente al muelle. Mientras descendía con dificultad, podía notar cientos de miradas sobre él. Una alfombra de rostros desconocidos, extraños, sin nombre, le esperaba en tierra. Al llegar al último escalón, asió con fuerza la maleta de cartón y miró atrás para despedirse por última vez de aquel mastodonte que lo había devuelto a casa. Respiró profundamente y exhaló una bocanada de aire, llena de alegrías y sueños reprimidos, mientras pisaba tembloroso tierra firme. Su corazón comenzó a palpitar en frenético estrés y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras se decía “He vuelto tío Luís. He regresado”. 5 Intentaba hacerse paso, como buenamente podía, entre la gente que lo apretujaba hasta la saciedad. Cuando por fin consiguió zafarse de aquel tumulto, comenzó a caminar despacio por la Avenida del Muelle de Pasajeros y ante él apareció un precioso vergel de árboles, palmeras y camelias que le esperaban para obsequiarle con un plácido descanso en su ansiado día de regreso. Se adentró en el Parque Miguel Hernández y buscó un banco apartado del bullicio, donde el paso de los coches apenas le molestase. Desde allí, contemplaba absorto y relajado la Avenida de la Marina, intentando reconocer rincones y lugares que a duras penas se dibujaban en su memoria. Pudo apreciar que la consignataria Luís García Reboredo, donde se exponía permanentemente publicidad de la Lloyd Norte Alemán, había desaparecido. En su lugar, una fría sucursal bancaria ofrecía en sus cristales interesantes productos financieros. Aquel enorme cartel pregonando las excelencias de los buques de la Naviera se había desvanecido en el tiempo y el majestuoso paquebote que en él se anunciaba, había zarpado hace mucho tiempo, rumbo a su última singladura. Hacia la tierra de la nostalgia y el olvido. Como muchos de sus recuerdos.

En un golpe de lucidez, comenzó a buscarse en los bolsillos de la chaqueta de su traje, la cartera y un papel lleno de apuntes con direcciones de amigos añejos. ¡Que tontería! Difícil encontrarlos después de toda una vida en el exilio. Posiblemente muchos de ellos se habrían mudado a otra calle, a otra ciudad y quien sabe si a otro país o a otro mundo. Miró su reloj. Pasaban diez minutos de las cinco y media. La tarde comenzaba a refrescar. Por los senderos del parque, familias enteras apuraban sus últimos paseos vespertinos y en algún recogido rincón, una joven pareja de enamorados se confesaba amor eterno. Divina juventud. ¡Qué tiempos aquellos! Desde una cafetería cercana, el olor a sándwiches y perritos calientes le había levantado el apetito y con él, también el ánimo. Se incorporó despacio del banco, cogió la maleta y el resto de sus bártulos y decidió buscar alojamiento en la ciudad antes de que anocheciera. Entendió que no era buen momento para dejarse 6 aparecer por el pueblo. Se encontraba muy cansado y a sus años ya no estaba para muchos trotes. Necesitaba descansar, reponer fuerzas y cambiarse de ropa. Mañana sería otro día.

El sol se había colado sin permiso entre las persianas de su habitación, para decirle que ya eran las diez. Braulio abrió los ojos. Se incorporó como pudo para poder leer la hora en su vetusto reloj de pulsera que había dejado junto a la mesita de noche. Bostezó largamente y se calzó con no poco esfuerzo las zapatillas. Se levantó y avanzó torpemente hacia el armario donde buscó una muda limpia que dejó con mucha pulcritud a los pies de la cama. Luego entró en el baño y apoyándose en el lavabo, se miró detenidamente en el espejo. Ya no reconocía en su vieja cara arrugada y desdentada, la expresión feliz y emprendedora del joven que un día, se decidió a plantarle cara al destino en un embarcadero. Su blanco y escaso pelo, era el precio de un peaje muy caro, muy largo. De un viaje lleno de penurias y fracasos. Sus ojos se perdían en unas oquedades profundas como agujeros negros. Se pasó la mano por su barba de varios días mientras imaginaba como sería su llegada a la Isla. Con quien se toparía en las calles y como estaría todo de cambiado. Se espabiló y decidió darse una ducha reparadora para afeitarse seguidamente. Cuando hubo terminado de arreglarse, buscó el traje gris que se había comprado años atrás, en las tiendas del barrio de La Candelaria, en Caracas. Se calzó sus zapatos negros y se miró por última vez al espejo del armario para comprobar el aspecto que tenía. Parecía uno de aquellos dandis retornados de América. Aquellos señoritos que presumían de codearse con la gente pudiente del pueblo, como tanto se jactaba de pregonar su tío Luis. Terminó de recoger todos sus enseres y salió de la habitación rumbo a la recepción del hostal, para disponerse a pagar la factura y marcharse.

Una vez en la calle comenzó a caminar hacia el centro de la villa. El bullicio ya se dejaba sentir. La pequeña ciudad había madrugado temprano para poner todas sus arterias en movimiento. No quería desayunar sin haber visitado antes la lonja y el mercado instalado desde siempre junto al Río Con. El mercado al que tantas veces había ido en compañía de su tío. Atajó por la calle Valentín Viqueira para acceder a la Avenida de la Marina y desde allí divisó fácilmente el vetusto edificio de la lonja en el barrio del Castro. Mientras caminaba, observaba el ir y venir de un tráfico salpicado de camiones cargados de pescado, que emprendían su largo viaje hacia las pescaderías del interior.

Cruzó el umbral de los grandes portalones de la Lonja. El ruido y ajetreo de las gentes era tremendo. Bajo los fluorescentes, los puestos de venta de pescado ofrecían la típica estampa del regateo. Pescaderas armadas con guantes y pañoletas en la cabeza cantaban los precios de los productos ante hombres bien vestidos que señalaban o levantaban la mano como sinónimo de acuerdo. Allí, en aquellos grupos de mirones y escrutadores, se escondían los mejores restaurantes de la zona que buscaban los manjares más selectos que el mar les podía ofrecer a sus adinerados clientes. Braulio no perdía detalle y observaba todo aquello que veía a su alrededor con ojos de crío, grandes como platos. Cuantas veces había añorado aquellas sesiones de lonja tras la barra del “Copacabana” en Caracas, mientras servía sin descanso desayunos, cafés y licores a clientes impacientes.

7Aquel penetrante olor a pescado, le había abierto más, si cabe, el apetito y determinó que era el momento de desayunar. Salió hacia la Plaza de Galicia. Modernos y altos edificios y alguna calle peatonalizada le daban la bienvenida. “¡Menudo cambio!” Pensó. Todo se había transformado y resultaba ser muy distinto de aquella postal que había guardado en lo más profundo de su memoria. Ya en la Plaza, atisbó en el bajo de un sobrio edificio de piedra, una cafetería de buena presencia y decidió reponer allí sus fuerzas. 8 Empujó la pesada e impoluta puerta de acero acristalada y una vez dentro, buscó mesa junto a una ventana que daba a la Plaza. Dejó su maleta en el suelo y sobre ella puso su abrigo, su portadocumentos y el pequeño paraguas. Observó su interior. ¡Cuan familiar le resultaba todo aquello! Del techo colgaban amplias lámparas con cristal de Swarovski. Los ventanales eran enormes y la luz inundaba todo su interior. Sus mesas redondas de blanco mármol y el pie de hierro repujado en negro evocaban esencias de los cafés de antaño. Las sillas iban a juego en perfecta sincronía. Todo estaba impoluto y reluciente. Ni una sola colilla. Ni un papel en el suelo. Desde su posición, podía observar una amplia escalera de caracol en madera que ascendía al piso de arriba, donde una barandilla en acero pulido, servía de atalaya para los clientes que se apostaban en sus mesas. En la barra, varios hombres de negocios, trajeados y con maletín apuraban sus últimos sorbos de café inmersos en conversaciones profundas e intensas. “Negocios importantes se están gestando” pensó Braulio. Algunos turistas ingleses en bermudas y ataviados con cámaras de fotos, degustaban un desayuno suculento en una mesa cercana, mientras ojeaban de vez en cuando un callejero de la ciudad. Dos mesas a su izquierda, una joven pareja jugaba con su pequeño bebé cubriéndolo de besos y cariño. Braulio decidió tocar la mesa para apreciar con detalle su repujado y el frío tacto del oscuro metal, hizo que su memoria volviera a volar… “¡Oiga mozo otro café, por favor!” “Ahora mismo señor” respondía Braulio con avidez. Sus manos volaban por la barra preparando los platillos, las tazas, las cucharillas… mientras trataba de complacer a los hombres que se apoyaban ansiosos al otro lado de la barra. Un poquito de leche por aquí, luego los azucarillos… en medio de aquel frenético trajín, no dejaba de observar a Isaura, su compañera de batallas, que atendía con ademán más pausado y plácido a los clientes que aguardaban sentados. Entre descanso y descanso, su mirada volaba hasta su sedoso pelo rubio, con el que se recreaba en sus tirabuzones, para luego bajar por su suéter y colarse sin permiso en su interior. Sus idas y venidas de la barra a las mesas resultaban un espectáculo maravilloso. Su manera de contonear aquellas 9 caderas, le traía loco. Alguna mirada lasciva proveniente de la barra la escrutaba sin pudor. Su voz era suave y clara y su dulce manera de hablar embellecía las palabras y el aire se impregnaba de su perfume. Era música celestial para sus sentidos. “Braulio, ¿cómo vas chico?” “¡Muy bien! No te preocupes, esto es pan comido” le contestaba con determinación para semejar seguridad y templanza. Cada vez que Isaura aparecía ante sus ojos, no se acordaba para nada de Cati, el amor que había dejado en la Isla. Y eso a pesar de haberle prometido esperarla. De haberle prometido un castillo con cien pajes y un séquito a su cargo. Que cosas tiene el amor. Todo se termina. Muchas veces al final del día, mientras Braulio se quedaba limpiando y recogiendo todo, Isaura hacía la caja. Entonces, con sigilo y sin decirle nada, se acercaba hasta la gramola con la que solían amenizar las tardes a los clientes, y pinchaba aquella canción, Dream Lover de Bobby Darin. Corría en cuclillas, sin hacer apenas ruido, y antes de que empezara a sonar la música, la agarraba por detrás. Isaura siempre se asustaba cada vez que hacía aquello. “¡Pero que haces hombre. Si viene el Señor Crespo te la vas a cargar!” “No importa ahora estamos solos tú y yo.” Y mientras hacía una reverencia le preguntaba muy cortésmente “Mi adorada princesa, ¿me concede este baile?” e Isaura que lo miraba fijamente le respondía “Tendré que pensármelo. No sé si se lo merece. No se ha portado muy bien hoy”. Braulio continuaba incansable con su cortejo “Permítame que le diga princesa, que está muy linda esta noche. Por cierto, ¿pasará por aquí mañana?” “¿Por qué?” Y en ese momento Braulio la conquistaba… “porque es usted tan hermosa que no se le puede acabar de contemplar de una sola vez” y entonces Isaura empezaba a llorar de felicidad mientras seguían agarrados en un baile sin fin. Eran las lágrimas de la Cenicienta bailando en el salón más regio del palacio. Pero como siempre, al final, todas las princesas pierden un zapato al llegar las doce. Debían darse prisa. El cascarrabias del Señor Crespo no tardaría en aparecer por el café para comprobar que todo estaba en orden. Solamente cuando regresaban a la faena, Isaura para premiarle por sus atenciones y cariño, le preguntaba complacida; “¿El Señor va a tomar algo?” 10 “¿Va a tomar algo el Señor? Perdone Señor, le apetece tomar alguna cosa?” una mano cálida y femenina se apoyaba suavemente sobre el hombro izquierdo de Braulio devolviéndolo súbitamente a la realidad. “¿Desearía tomar algo Señor?” Braulio alzó su mirada y se encontró con unos ojos grandes y verdes que lo observaban plácidamente. Una cara aniñada no dejaba de sonreirle. Creyó reconocer aquella mirada. La camarera esperaba paciente y servicial la petición del anciano. Braulio susurró: “Isaura”, “¿Perdón?” “¿Cómo dice Señor?” “¡Oh!” Braulio avergonzado balbuceó, “Lo siento, lo siento señorita. Estaba absorto en mis cosas. Discúlpeme”. La camarera educada añadió… “No se preocupe señor. No tiene importancia pero dígame, ¿qué desea tomar?” Volvió a preguntarle la escultural camarera… “Eh…¡sí! tomaré un café con leche y unas magdalenas” “Muy bien señor, ahora mismo se lo traigo” decía la joven rubia mientras volvía a la barra. Sus curvas generosas trazaban garbosos movimientos al andar. Braulio la observaba con disimulo mientras se decía “Hay que ver como te pareces a una novia que tuve en Venezuela”. Al poco rato, la joven volvió con los encargos, los cuales iba dejando con exquisita atención en cada mesa. Al acercarse junto a Braulio, ésta le sonrió y el anciano contestó con otra tímida sonrisa mientras le agradecía su servicio “Muchas gracias señorita. Es usted muy amable”. La joven contestó con una reverencia servicial mientras dejaba la bandejita con el ticket junto al pocillo de café y volvió a la barra. De la megafonía se escuchaba una canción de Dean Martin, «I’m so lonesome I could cry» que envolvía suavemente la cafetería con sus acordes, mientras los clientes degustaban en silencio sus consumiciones. Cuando Braulio hubo terminado su desayuno se incorporó, sacó de su cartera el dinero suficiente para pagar y depositó en la bandejita unas monedas de propina. Se sintió muy agradecido con el servicio y trato recibidos y quería hacérselo saber a la camarera. Lentamente se levantó, recogió todas sus cosas y abandonó el local mientras echaba una última mirada. Aquel sitio le había traído gratos recuerdos. Se prometió volver a pasar por allí en cuanto regresara cualquier día a la ciudad. 11 Avanzó por la calle Arzobispo Lago hasta llegar al cruce de Alexandre Bóveda. Junto al Río Con observó el viejo mercado de abastos. Allí encontró una parada de taxis y pensó que era el momento de marchar hacia la Isla. Se acercó al primer coche de la fila y mientras accedía a sentarse en el interior del vehículo escuchó tres veces la sirena profunda del Olympia. El paquebote le daba su último adiós antes de zarpar. Braulio se volvió y mientras el taxista cruzaba el puente del Río Con y subía por Vista Alegre, vio como empezaba a dejar atrás, cada vez más pequeño, el centro de la ciudad. Poco a poco, Villagarcía desaparecía tras el cristal trasero del Ford.

Volvió a mirar su reloj. No serían más de las dos. Desde su ventanilla oteó el cielo. Se empezaba a cubrir de nubarrones. Abril seguía siendo tan frío y lluvioso como siempre. El taxi dejó atrás el majestuoso puente y comenzó a avanzar despacio por la Avenida da Ponte. La Isla lo recibió con los acordes de «Song of the Seas» de Vangelis que manaban suavemente de la radio del coche. El taxista lo escrutaba en miradas fugaces a través del retrovisor, pero Braulio, embelesado en lo que veía al otro lado de la ventanilla, ni se enteró. Estaba demasiado ocupado en prestar atención a todo lo que pasaba ante sus ojos. Muchas de las viejas casas de planta baja a ambos lados del camino ya no estaban. La panadería y su vetusto horno de leña tampoco. Habían dejado paso a nuevos edificios de corte progre y urbano, salpicados de algún chalet de piedra con jardín, para envidia de turistas y lugareños. El precio del progreso y el paso inexorable del tiempo, como diría el viejo Matías en tardes de cartas y dominó en el Café Anduriña. Aceras y farolas le daban la bienvenida, donde antes no había más que caminos de tierra y guijarros, alfombrados de pequeños trozos de conchas de berberecho y mejillón. Testigos y compañeros de largos paseos primaverales. A la altura de As Laxes, un novísimo edificio que albergaba la Casa del Mar, también le saludaba fugazmente. 12 El taxi torció a su derecha por la calle del Cabodeiro cuando llegó al cruce del viejo transformador. Se detuvo a la altura del punto donde antaño estaba la taberna de Tita. Se bajó despacio del taxi y mientras su conductor se afanaba en sacar sus bártulos del maletero, pudo observar la pequeña carretera que llevaba a la Playa. “¡Dios mío! Cuánto ha cambiado todo esto” pensó. Le extrañó que a esas horas apenas encontrase un alma por la calle. Nadie había salido a recibirle. Desde el camino, comprobó con abatimiento que la casa de su tío Luis ya no estaba. Notó como se le helaba el corazón. Resignado y triste decidió entonces ir hasta la Torre, ver la Iglesia y caminar hasta el cementerio para saludar a muchos de los que no se pudo despedir por no estar allí. Todos los caminos estaban asfaltados y el crecimiento imparable de coches obligó al reciente ayuntamiento a poner calles de sentido único. ¡Qué extraño y cosmopolita ver señales de tráfico en el pueblo! Al llegar al cementerio, observó que éste había crecido hasta transformarse en un precioso y sobrio recinto de piedra. En su interior, había dejado pequeño, casi en un islote, el viejo camposanto. Y allí, fue encontrando poco a poco, despacio, al ritmo que marcaban sus cansadas piernas, las lápidas de muchos que ahora le escribían desde el cielo con letras de hierro sobre un mármol frío y mojado. Sus lágrimas fueron la contestación a tanto silencio solemne. A tantos años de angustia sin nuevas de él. Tan solo algún pájaro ponía, con su tímido canto, una sintonía a tanta soledad desgarradora, bajo un cielo gris que amenazaba un diluvio sin fin. Volvió sobre sus pasos. El regreso a la entrada del cementerio resultó interminable. Sobre su andar portaba una carga esperada. La temida confirmación de sus sospechas por unas misivas que no llegaban. Que ya no viajaron más a su lado para alegrarle el corazón. Mientras apoyaba su mano izquierda sobre el picaporte de la vieja verja oxidada, se volvió nuevamente para echar una última mirada al interior del camposanto. Después cerró la puerta dejando a los que allí yacían, solos con sus lápidas y su silencio. 13 En su camino de regreso al muelle, observó que todas las fábricas conserveras y de salazón que conocía, habían cerrado. Ninguna pudo con el progreso. Solamente alguna vieja chimenea desdentada era testigo pétreo de un pasado feliz. De un tiempo esplendoroso para los habitantes de aquel viejo pueblo marinero, que encontró en el mar su aliado para progresar. Para intentar seguir viviendo. Comenzó a caminar por la Avenida Castelao en dirección al muelle del Xufre, donde sesenta y cinco años atrás se decidió a coger un vapor que lo llevara a Villagarcía. En su ensenada, lo esperaba el paquebote que le enviaría a su Venezuela. A su América soñada. A un nuevo mundo para hacer realidad el sueño que alimentó las almas de muchos de su generación. El salvoconducto a una vida mejor. “¿Qué puedes perder? ¡Inténtalo hombre! Tirados al mar…Mira Braulio, todos se van. El Manolito. El Paco. Aquí ya no queda nadie. Todos se van.” Las palabras de su tío Luis aún seguían vivas en su memoria. Como poder decirle que en todos estos años, solo pudo ganarse la vida trabajando de triste camarero en el Café “Bahía”. Luego en el “Copacabana”. Primero limpiando botas en el paseo principal y después vendiendo periódicos. De trabajo en trabajo. De puerto en puerto. Buscando, sin apenas fuerzas, una Itaca que no acababa de encontrar. Malviviendo para llegar a final de mes. Como decirles a los suyos que la América soñada por él no era más que una triste quimera. Una chistera de ilusiones y sueños ahogados en un mar de despropósitos. De tristezas y depresiones. Muchas de aquellas cartas que su tío le había escrito preguntándole como le iba, de qué trabajaba, quedaban sin contestación. Guardadas, casi olvidadas en un cajón de su escritorio. En aquel cuartucho de pensión ruin, frío, casi oscuro. Por vergüenza. Por miedo. Las guardó como un pequeño tesoro. Como una reliquia. Como el recuerdo vivo de su gente. Junto a aquellas cartas aparecían algunas fotos que, como polizones, se colaban en el interior del sobre para viajar a su lado. Fotos de caras felices que no podían ocultar en sus ojos la tristeza de su marcha. Fotos cálidas para hacerle compañía. Para contarle en imágenes perennes, como seguía siendo la vida que había dejado atrás. Para darle consuelo en aquel mar de lágrimas. Y fue entonces cuando recordó a Dani, 14 a Manuel, a Paco, a Bea, y a Cati. A su Cati. Aquella niña que lo volvía loco. Llevó su mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó la vieja foto blanco y negro de su cartera. Llena de huellas, dobleces y grietas. Pero allí estaban otra vez. Sí. Estaban todos. Sus amigos de infancia juntos. Posando eternamente sonrientes bajo un sol de verano junto al viejo transformador del Naval. En una escena entrañable que se antojaba deliciosa y feliz. En un momento mágico e irrepetible. Eterno. ¿Y el amor? ¿Y los pactos de sangre entre hermanos? ¿Y los secretos contados al oído? ¿Y los besos robados al refugio de una dorna varada en la playa al atardecer? ¿Y las promesas no cumplidas? “¿Me esperarás Cati?” “Pues claro tonto, ya te dije que sí” ¿Qué fue de todo eso? Ahora nada de aquello permanecía. Se había desvanecido como la espuma de las olas al romper en la orilla. Se sentía perdido y solo en medio de un lugar extraño. En un escenario entonces cálido, en el que de niño corría desbocado y sudoroso por el muelle junto a Dani y Manuel, sorteando cajas repletas de pescado y amarres a norays oxidados. Con los brazos desplegados a un sofocante viento de agosto que acariciaba sus rostros radiantes de felicidad. El olor a salitre y a mar. A conserva. Soñando que eran gaviotas libres en un cielo limpio de preocupaciones. En un mundo feliz. Mientras, las niñas acurrucadas en los escalones de la lonja, contaban sus primeros chismes y secretos de mujer entre risas y miradas de complicidad. Cosas que los chicos no podían saber, no podían entender. Cosas de mujeres.

Se sentó en un banco del Paseo do Cantiño y extendió la mano para coger el portadocumentos. De su interior sacó las cartas que había recibido en todo ese tiempo. Cartas de amor escritas con el corazón en la mano, abierto como un libro. Deshizo la cinta roja que las ataba y abrió una de ellas. Sobre el papel, aparecía la letra redondilla y adolescente de Cati que le contaba, con versos populares y sencillos, el sacrificio de su espera; “En las rocas nací, en las rocas me crié, en las rocas perdí, al chico que más amé”. 15 Braulio recordaba con melancolía, las contestaciones a las cartas de su amada, en largas y frías noches de invierno, al calor de la pequeña lámpara de su habitación. En una mano la pluma y en la otra un pañuelo lleno de lágrimas tristes, derramadas sobre un papel lleno de versos descompuestos y mal rimados. El fiel reflejo de un cuerpo sin alma, vacío y perdido que se agarraba a los recuerdos tiernos de una infancia inolvidable. Lo mejor de su vida se había ido para siempre en una marea sin retorno. Ya no estaban allí. La ausencia de todos ellos parecía el castigo infame a tantos años sin noticias de él. De haber huido. De haber traicionado los sentimientos de aquellos que le querían, dejándolos solos y abandonados, yéndose a otra isla muy lejana. Que le aguardaban permanentemente mientras se preguntaban que sería de él. Y por fín, allí estaba. Sólo. Triste y abatido. Un viejo canoso y enjuto. Cansado de andar de aquí para allá. Cansado de vivir. Sí. Todo lo que quedaba de su familia eran él y su vieja maleta de cartón. Su traje descosido. Unos zapatos estropeados y sucios del polvo de un largo camino que lo trajo hasta su tierra. Su Isla, su paraíso añorado. Una dirección escrita en un papel doblado y sobado hasta la saciedad. Un pequeño paraguas y un montón de recuerdos en el corazón. “Poco equipaje para tantos años de trabajo” pensó. “No traigo nada, no traigo nada” repetía una y otra vez.

Levantó su mirada cansada y oteó a su alrededor para comprobar con detalle la transformación del muelle y su entorno. Donde antes varaban dornas y barcos de pesca, parecía ahora la estampa de una próspera y pudiente villa marinera con sus pantalanes flotantes y su ostentoso paseo marítimo. A su izquierda, una sobria imagen en piedra de la Virgen del Carmen sosteniendo en sus brazos al niño Jesús, era testigo mudo de su angustiosa soledad. La santa imagen, a la que tantas veces rezara en el exilio, implorándole un milagro a su muerta y rutinaria vida. Un golpe de suerte que lo liberara de aquella cárcel. Que lo devolviera a su pequeña isla de la que nunca debería haberse marchado. A su pequeño mundo de sueños. 16 Nada de lo que recordaba era tal y como lo había dejado. Todo era nuevo y distinto. Frío e indiferente. Pero por fín había vuelto. Había regresado. Allí, junto al muelle del Xufre, se produjo el esperado reencuentro de su cuerpo, cansado y castigado de mil trabajos, y su inocente alma de niño feliz. Perdidos toda una vida, buscándose en vano, sin encontrarse. Y ahora unidos, al fín, para acabar de vivir juntos los pocos días que aún les quedaban. Para ver morir plácidamente, los últimos atardeceres de su vida. Él y las voces y las risas de aquellos niños que después de tantos años en el exilio, aún seguían tan vivas y alegres en su memoria de anciano. Acompañándole. Protegiéndole. Sonriéndole permanentemente felices en aquella foto amiga. Jugando con él en un lugar, donde el corazón nunca se ennegrece con las vanidades, los odios y las envidias que las personas alimentan cuando se hacen mayores. Jugando para siempre en un edén donde el mar, la mar de aquella ría, fuera del color con el que se dibujan los sueños más nobles y las nubes, esponjosas y blancas, dulces como el pan de azúcar. Jugando siempre juntos, eternamente jóvenes, en un rincón olvidado de su alma, donde nadie les molestara cuando se fueran a dormir… En un paraíso perdido

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Un Comentario
  1. este relato es precioso yo lo lei completo y es digno de ser leido la persona que lo escribio es una gran persona y a quien va dedicado mas por eso os pido que lo lean es largo pero vale la pena de este relato mucha gente saldra identificado y la gente de la isla que como yo emigramos sabran que es asi que cuando te vas de tu tierra y vuelves canbian muchas cosas pero en tu vida y tu memoria siguen estando ahy la gente que tu quieres que quisitse y siempre querras aunque nos ayan dejado por eso yo animo a leerlo gracias amigo tan especial .como tu hay pocos un fuerte abrazo tu amiga por siempre

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